sábado, 3 de febrero de 2007

Alfonso Kijadurías

Manchas de ruidos antiguos

Manchas de ruidos antiguos en los rincones del patio: sombras
de la mentira
tomando la forma de tu cuerpo y su lugar. La luz te hace
creer en todo lo que alumbra
o devela la sombra del monstruo que habita la penumbra.
Toda palabra quema,
ceniza será después, rescoldos de aquel fuego. Ruinas del
tiempo, escombros, hollín y polvo,
la efímera materia que fue la eternidad.
Pequeña llama inmóvil, rememoración de la desaparición de la
fe en la sorpresa.
Del aire impuro del mundo están hechas las palabras, su
círculo vicioso,
toda pregunta es una piedra que se lanza al agua cuyas
ondas alejan la respuesta.
En corregir lo incorregible se te fue la vida, en buscar el error
y al tratar de borrarlo,
volverlo a cometer y la culpa otra vez de provocarlo.
Palabras, resplandores inéditos buscando su sentido
en lo sentido.
En la ventana el rostro de la dulzura pensativa:
una sonrisa ciega, en toda ella las frases y los gestos que nos
son elementales.
La fuerza que guía la mano en selva oscura, a través de la
página,
hasta encontrar la máxima potencia. El ojo que descubre
lo invisible
mientras crece la historia durante el sueño, la bestia echada
junto a la ropa triste del amor consumado,
todo aquello que amamos y por eso matamos lo más vivo
en nosotros.



La poesía es un acto de fe, una prueba de supervivencia y una búsqueda de redención, tal y como lo consigna “Manchas de ruidos antiguos…”. Por esta razón Alfonso Kijadurías (El Salvador, 1940) incluye una alusión a Dante, en homenaje al arte de la palabra: “La fuerza que guía la mano en selva oscura, a través de la página, hasta encontrar la máxima potencia”. Aunque es claro que esta imagen también designa a la página en blanco como el camino obligado por el infierno de la creación para llegar a Dios a través de la palabra.

“Manchas de ruidos antiguos…” es el primer poema del libro Confusión, con el cual Kijadurías (seudónimo de Alfonso Quijada Urías) ganó en diciembre de 2003 el Primer Premio Internacional de Poesía otorgado por el Instituto Cervantes a través de Radio Francia. El galardón, otorgado por una institución de prestigio y un jurado internacional fue un acto de justicia, no sólo para Kijadurías como poeta sino para nosotros como lectores. Sus libros Los estados sobrenaturales (1971) y Toda razón dispersa (1998) ya son clásicos contemporáneos de la poesía salvadoreña.

La poesía de Kijadurías discurre a través de distintos modos de expresión poética, incluso dentro de un mismo poema, como es el caso de “Manchas de ruidos antiguos…”: rimas, ecos, juegos de palabras, asociaciones y analogías. También hay paralelismos que introducen un acento bíblico: “Toda palabra quema, ceniza será después, rescoldos de aquel fuego”. E imágenes de todo tipo, como la metáfora disimulada: “Palabras, resplandores inéditos buscando su sentido en lo sentido”. O la sinestesia: “una sonrisa ciega”. Pero está también la representación imaginativa, hecha símbolo, del momento cotidiano: “la bestia echada junto a la ropa triste del amor consumado”.

“Todo poema”, escribió Roberto Juarroz, “son las astillas de un naufragio”. Los poemas de Kijadurías son la evidencia de que es posible para nuestras conciencias sobrevivir la tenaz hipocresía de nuestros tiempos, el naufragio cotidiano. Pero con la palabra como guía.

Para leer más:

Poemas de Alfonso Kijadurías en
Palabra Virtual.
Palabras de Kijadurías pronunciadas en su Homenaje, Abril 2, 2003.
Entrevista con Kijadurías, Abril 14, 2003.

El poema de la semana es seleccionado y comentado por Jorge Ávalos.